jueves, 10 de agosto de 2017

UN AMOR SILENCIOSO


Imagen de Kamil Vojnar

Escribí este cuento o lo que sea que sea, en el metro.

Siempre viajaba inmersa en mi libro, sin levantar la vista, hasta el día en que tuve frente a mí a aquel chico que ya os conté, con calcetines amarillos. 
Entonces comencé a observar para imaginar mejor. 
Dos días más tarde, encontré a otro bello personaje que viajaba siempre en el asiento de enfrente. Durante tres meses nos hablamos a través de los ojos. Nos contamos todo lo que nos gustaba y lo que no. Alguna vez supe que tenía un problema y me lo dijo a través de aquel gesto de su mano cuando se rascaba el hombro. Otro día él descubrió una buena dosis de tristeza apoyada en mi espalda y me envió un poco de viento para que se deslizase hacia otro lado librándome del peso. Aprendí que estaba más contento cuando sus pies se torcían levemente hacia el lado izquierdo.

Fueron tres meses de un amor silencioso con mucho ruido que en nada se parecía a la costumbre. 

Pero aquel lunes no subió al metro. Intenté leer como antaño y no me concentraba. Soplé con fuerza a ver si me quitaba la tristeza yo sola, pero fue imposible. Miré los pies de la gente y los quise imaginar todos inclinados hacia la derecha. 

Al llegar a casa retrasé el calendario de pared intentando volver a marzo para seguir sin mirar a los otros viajeros, para no echar de menos, para avanzar a aquel pasado en que no nos conocíamos.


viernes, 4 de agosto de 2017

LA ESCALERA

Imagen de Karen Jerzyk 

Cuando a Leonor Prieto le comunicaron por teléfono  que la única forma de optar al puesto de trabajo, era acudiendo a una entrevista el lunes día 2  a las once en punto de la mañana, aceptó intentando enviar su fingida sonrisa a través de la voz, hasta el otro lado del aparato.

 - Calle del Espino, núm 121,  piso  42º - B, la torre más alta que hay al final de la calle, no tiene pérdida.
Gracias, lo he anotado todo. Hasta el lunes -  susurró Leonor con su habitual cruce de dedos e intentando no enviar su sincera preocupación  a través de la voz, hasta el otro lado del aparato.

Conectó el móvil ya con poca  batería y fue rápidamente a lavarse la cara. Se mojó con agua caliente, después con agua fría y se frotó con la toalla hasta dejar su piel  enrojecida. Detestaba el suavizante y cualquier tejido suave.
Se sentó en el suelo y a los pocos minutos, caminó de nuevo hacia el lavabo. Agarró unas tijeras y se cortó la melena improvisando cortes irregulares,  trasquilones,  mientras  el suelo se llenaba de cabellos que nadie querría barrer.

El lunes intentaría hacerse un recogido y llevar puesto el gorro que robó de aquella tienda francesa. Habría estado mucho mejor con su pelo suelto pero no siempre conviene acudir a los lugares importantes con absoluta comodidad. A Leonor le gustaba castigarse cuando se tenía que enfrentar a una escalera. Llevaría calzado incómodo y por supuesto, subiría andando.

Imaginó un ascensor grande, con espejo, y comenzó a sudar hasta que cayó al suelo mareada. Tras una hora de aturdimiento, pudo llenar un vaso de agua y se tomó un par de pastillas para dormir.

Tanto el sábado como el domingo se desvanecieron entre el suelo, el espejo del baño, los somníferos y la toalla más rugosa.
Así alcanzó el lunes con su mirada puesta en el calendario de pared, su peinado asimétrico y una ardua búsqueda por el mueble zapatero para localizar el calzado más estrecho.

Prefirió botas aunque fuese agosto.

Desayunó los restos de la cena, se mojó la cabeza y reunió algunos pelos, los más largos,  dentro de una goma usada, con una especie de trenza inacabada que cubrió con el gorro.
Se maquilló débilmente y se sorprendió ante el espejo por esa belleza que tanto le costaba derrotar.

Recordaba al menos cuatro crisis en su adolescencia, todas dentro de un ascensor.

Tras un breve trayecto en autobús llegó al portal que solo podría digerir en el momento exacto de la salida. No se detuvo en las paredes ni en la enorme lámpara, mucho menos en la moqueta granate. Saludó a un portero gris y comenzó escalón a escalón su avance, teniendo como meta el número cuarenta y dos.

Habría algunas pausas, quizá encuentros y saludos con desgana, y esa desorientación que viene dada al perder la cuenta de las plantas superadas.

Después de unos minutos caminando quiso saber cuánto le quedaba y se sorprendió al no encontrar ningun número que indicara el piso. También se dio cuenta de que no había visto ningún ascensor. Llamó a un par de puertas conocedora de la vergüenza que soportaría cuando le abriesen pero nadie abrió.
Decidió subir un poco más y se cruzó con una señora de uniforme azul oscuro y edad imposible de adivinar.


         - Perdón ¿podría decirme en qué piso nos encontramos?
          - Imposible saberlo, yo nunca estuve aquí, señorita. Y si viniese, me guiaría por las grietas de las puertas.

La mujer desapareció veloz sin ni siquiera levantar la vista. Había sido de poca ayuda.

 Sofocada,  se sentó un instante en los escalones. Además del sudor notaba esa sensación que todos padecemos alguna vez cuando en una cita importante olvidamos algo. Abrió el bolso y miró sus pertenencias. Tampoco tenía que entregar ningún documento salvo su DNI que iba siempre en la cartera. Además encontró un par de peines, un sacacorchos, un anillo demasiado pequeño que descubrió en un banco del parque, una bolsa de fieltro verde con tres canicas que le daban suerte, un libro de aforismos, gafas de sol, monedero y algunos sobres de azúcar que solía coger en los bares que visitaba.

Le gustaba el café muy dulce, frío pero sin hielo y acompañado de cualquier alimento salado.

Recuperado el aliento volvió a mover sus pies con el temor de no enterarse nunca de si había llegado o no a su destino.

Subió aproximadamente ocho pisos más y se sintió muy mareada. Abrió un sobre de azúcar y  echó todo el contenido en su boca. Tenía sed pero no llevaba agua.  Podría llevar unas veinte plantas, quizá veintitrés.  Quedaba casi el doble y lo peor, tampoco llevaba reloj. 

¿Dónde está el móvil? Sabía que olvidaba algo. 

De repente en su mente solo había dos pensamientos, conocer el piso en el que se encontraba y saber la hora que era. Volvió a llamar a varias puertas y no obtuvo respuesta.

Tenía pánico a los ascensores, a quedarse encerrada y sin embargo estaba sintiendo exactamente lo mismo. Estaba atrapada en una escalera sin saber el número de escalones que había hacia abajo, sin saber el número de escalones que le quedaban hacia arriba. Además no podía realizar una entrevista en ese estado.
Sin pensarlo abrió el bolso, sacó el monedero y ahí estaba, envuelta en papel de plata una pastilla para dormir. La colocó sobre la lengua e hizo un enorme esfuerzo para tragarla sin agua.  No era una buena idea, pero era la única que había sido capaz de tener.

Durmió apollada en la pared durante un buen rato.

Se despertó con el sonido de una puerta corredera, abrió los ojos  algo atontada  y vio frente a ella un ascensor. Vaya, parecía que todo volvía a la normalidad. Del ascensor salió un señor trajeado, con una bolsa de papel kraft en la mano. Parecía llevar prisa como todos los hombres de ese aspecto.

 - Perdone, en qué piso nos encontramos.
 - En la planta 41, señora.

Fue entonces cuando Leonor Prieto suspiró aliviada.  Solo faltaba una planta.
Echo un vistazo a su alrededor y nerviosa llamó de nuevo a aquel hombre.


   Perdone de nuevo ¿Cómo puedo volver a la escalera?
   -  Señora, tome el ascensor, en este edificio no hay escalera. Solo una de emergencia metálica que va por el exterior y a la que no se puede acceder salvo en caso de emergencia. Unos cuantos hierros que comparten ambas torres por si un día salimos ardiendo.
         - ¿Cómo subo, entonces? Voy al piso 42… ¿Cómo bajo después?
        - ¿Se encuentra usted bien? Ya se lo he dicho, el ascensor funciona siempre de maravilla  - le respondió guiñándole un ojo – bromeaba con lo del fuego.


domingo, 30 de julio de 2017

EL NIÑO LECTOR

Fotografía de Xia Xiao Xu

La Sra. Monteiro había trabajado de bibliotecaria durante más de cuarenta años. No tenía familia y su marido la abandonó tras el suceso. Tuvo una relación muy cercana con todos los vecinos y hasta que murió intoxicada con una estufa de gas, se apañaba bien sola;  solo pedía ayuda cuando padecía alguna de sus  horribles migrañas.

Durante una temporada su marido insistió en contratar a una chica para que se encargase de cocinar y limpiar la casa. Lo hizo aún en contra de la voluntad de la señora. La chica trabajó con ellos durante un mes solamente porque un domingo de agosto se lanzó por el balcón y se mató. No se habló mucho sobre el tema en el edificio y unos días más tarde, el marido desapareció sin dejar rastro.

Tras la muerte de la anciana el piso había estado desocupado algo más de tres años hasta que por fin se escucharon pasos en el piso de arriba.

Muriel se alegraba del silencio que aporta la ausencia de inquilinos pero quería que viniese nueva gente, alguien joven para renovar la energía del barrio. Echaba de menos voces de niños, sonidos de pelota, incluso algún llanto a medianoche.

Esperaba el ascensor en la planta baja cuando vio entrar a una señora con un niño de unos siete años. El niño llevaba un libro en la mano. Eran los nuevos vecinos, sin duda.

- Buenos días – se saludaron ambas mientras esperaban con esa mirada perdida de quien no quiere ver.
- Hola joven ¿Te gusta leer? – preguntó Muriel en un intento de cordialidad y algo sorprendida cuando vio que el libro era una novela de uno de sus autores favoritos: Sándor Marái.
- Sí – dijo el pequeño – Uno siempre responde con la vida entera a las preguntas más importantes.
- No haga caso al niño – dijo la señora que lo llevaba de la mano – memoriza todo lo que escucha y a veces resulta extraño lo que dice.

Muriel se bajó en el tercero y sí, ellos subieron hasta el cuarto.

La voz del pequeño había sonado demasiado adulta. Se fijó tanto en el crío que no recordaba la cara de la señora. La verdad es que habían evitado cruzar sus miradas. Hay rostros en los que nadie quiere detenerse por la sobredosis de normalidad que proyectan. Siempre le gustaron las pieles con cicatrices y se encaprichaba con esos hombres que parecen mirar de forma diferente con cada uno de sus ojos. Disfrutaba sacando de quicio a las personas que hablan en susurro.

Dentro de cada individuo hay un grito que desea romper un cristal.
Muriel se quitó los zapatos y se tumbó en el suelo para sentir la espalda completamente recta, agarró sus auriculares y escuchó bien fuerte “Valtari”,  de Sigur Ros. Cuando abrió los ojos era ya de noche. Encendió la luz, sintió de nuevo ese viento frío que tanto le incomodaba, “es la forma que tiene el miedo de acariciar”, le decía su madre de pequeña.

Buscó la caja que escondía bajo la almohada y allí estaban todos esos dientes que de pequeña renovó. A su ex le daba asco y un día le pidió que no le enseñase más esa especie de reliquia de una infancia muerta.

Tendríamos que cambiar nuestra boca cada tres años, modificar el mordisco, el beso, perder la fuerza en un dolor de encías y después comenzar de nuevo.
Sonrío y puso los recuerdos en su sitio.

Fue hacia la cocina para prepararse sin ganas un tortilla francesa. Se sirvió un vodka con zumo de tomate mientras cocinaba. Le sorprendió no escuchar al niño del piso de arriba. Los tacones de la madre recorrían el suelo al otro lado y una risa de hombre parecía flirtear con ellos. Imaginó que bailaban y que el niño ya dormía.

Al día siguiente se encontró de nuevo a la vecina con el pequeño, esta vez en la blbilioteca del barrio.  El niño se empeñaba en llevarse “El Don de Vorace” de Félix Francisco Casanova y la madre asintió finalmente con un gesto cansado. La  madre era otra, una mujer más joven, más alta, cuyas manos se desenvolvían bien tocando el aire.
- Hola guapo ¿cómo te llamas?
El niño dio una carcajada y no dijo nada
- ¿Has bajado al parque a jugar? ¿Vas a leer ese libro tú solo?
El pequeño la miró sorprendido y siguió en silencio
- ¿Cómo te llamas?
- Morgan, señora, Morgan Castro. Me interesa el tema de la inmortalidad y comprobar que contrariamente a lo que se piensa, nos aportaría la mayor infelicidad.

Muriel no fue capaz de responder. Le intrigaba la forma de comportarse del pequeño. La mujer sonrió al verla palidecer con la respuesta.

A partir de ahí los encuentros con los vecinos, con esta segunda mujer y el niño, iban acompañados de un libro.

La primera señora debía ser la niñera o incluso la abuela. Recordó cómo se disculpó por el comportamiento extraño del pequeño algo nerviosa y sí, era muy mayor para tener un niño de esa edad. La primera señora usaba el mismo perfume de lilas que la Sra. Monteiro. Se puede olvidar un rostro pero jamás un aroma.

Una mañana, Muriel se encontró al niño solo en el portal.

- Hola pequeño ¿Qué haces aquí solo?
Como respuesta esta vez solo obtuvo un gesto de aburrimiento. Los buzones estaban demasiado altos para que Morgan alcanzase, alguien le habría dado la correspondecia que llevaba en la mano. El niño subió en el ascensor y Muriel aprovechó para cotillear el buzón.

Piso 4ª B – Morgan Castro y Delfina Aranda

No aparecía ningún nombre masculino más. Quizá la voz que ella escuchaba fuese de una nueva pareja de Delfina que no vivía con ellos. Eso explicaba que nunca se hubiese cruzado con él.
Muriel se empeñaba en saber más.

Subió a su piso y se comío tres tabletas de chocolate negro que le quedaban en la despensa. Había adelgazado mucho y el azúcar le sentaba bien. Caminó hacia su cuarto nerviosa para comprobar que su caja con los dientes seguía bajo la almohada.

Su ex se enfadaba con ella por seguir una dieta tan dañina. Hubo un tiempo en el que intentaron tener hijos pero ella tuvo un par de abortos quizá debido a la anemia crónica que tanto la debilitaba.

Se preparó un vodka con hielo y se miró en el espejo del pasillo con el vaso en la mano. Abrió su boca para ver sus enormes dientes. Le encantaría perderlos como antaño. Sentía un gran alivio cuando soñaba que sus dientes se movían y que conseguía arrancarlos de uno en uno.
Arriba sonaron de nuevo los tacones y esa risa sensual de hombre.

Muriel miró en su estantería y descubrió en la parte trasera un libro de cuentos infantiles que de pequeña adoraba. Lo tomó y subió sin pensarlo demasiado al piso de arriba. Era hora de que aquel niño leyese algo acorde a su edad.

Llamó a la puerta de sus vecinos y esta vez sí, abrió la puerta un hombre moreno de unos cuarenta años que la saludó afablemente.

- Buenas noches , le traigo un libro al pequeño Morgan. Sé que le gusta leer.
- Perdone señora pero no tenemos niños. Aún – dijo mostrando una perfecta dentadura.
- ¿Morgan Castro no es su hijo?
- No, señora, Morgan Castro soy yo. ¿No me recuerda?