jueves, 10 de agosto de 2017

UN AMOR SILENCIOSO


Imagen de Kamil Vojnar

Escribí este cuento o lo que sea que sea, en el metro.

Siempre viajaba inmersa en mi libro, sin levantar la vista, hasta el día en que tuve frente a mí a aquel chico que ya os conté, con calcetines amarillos. 
Entonces comencé a observar para imaginar mejor. 
Dos días más tarde, encontré a otro bello personaje que viajaba siempre en el asiento de enfrente. Durante tres meses nos hablamos a través de los ojos. Nos contamos todo lo que nos gustaba y lo que no. Alguna vez supe que tenía un problema y me lo dijo a través de aquel gesto de su mano cuando se rascaba el hombro. Otro día él descubrió una buena dosis de tristeza apoyada en mi espalda y me envió un poco de viento para que se deslizase hacia otro lado librándome del peso. Aprendí que estaba más contento cuando sus pies se torcían levemente hacia el lado izquierdo.

Fueron tres meses de un amor silencioso con mucho ruido que en nada se parecía a la costumbre. 

Pero aquel lunes no subió al metro. Intenté leer como antaño y no me concentraba. Soplé con fuerza a ver si me quitaba la tristeza yo sola, pero fue imposible. Miré los pies de la gente y los quise imaginar todos inclinados hacia la derecha. 

Al llegar a casa retrasé el calendario de pared intentando volver a marzo para seguir sin mirar a los otros viajeros, para no echar de menos, para avanzar a aquel pasado en que no nos conocíamos.


lunes, 24 de julio de 2017

DOS HISTORIAS


Ilustración de Cynthia Tedy

¡Qué alegría ser así dos historias en un cuento! 
Jorge Guillén


Compró aquella maleta cuando no tenía ninguna intención de viajar. La presión de la urgencia reparte con talento de crupier las opciones y entonces ella se bloquea, mira el mantel, las cartas, las maletas… y no se decide por ninguna. Imaginad la tremenda ansiedad si hubiese un viaje a la vuelta de la esquina. 

Es mejor comprar maletas sin viaje, paraguas sin lluvia, agendas sin citas. Ya se encargará ella después de rellenar su vida sin prisa, con trenes, aguaceros y fechas. 


Él gastaba el domingo por la noche en anotar los almuerzos de la semana. El lunes compraba los ingredientes de una semana premeditada. Tenía la ventaja de no haber dibujado jamás un por si acaso, ni un quizá, pero a cambio casi nunca habitaba un ahora.
Después trazaba flechas, cada momento con su tarea futura y se ponía en marcha dando ejemplo con su puntada pertinaz. 

Se querían, cada uno a su manera. Ella lo amaba cuando lo veía y él solo la veía cuando su calendario le avisaba.

Pero ella nunca leyó sus planes anotados. 

Pero él nunca fue infiel a su agenda. 

Como siempre coincidían, creyeron que vivían en el mismo cuento, pero alegremente, cada uno tenía el suyo.


lunes, 10 de julio de 2017

LA NIÑA PEQUEÑA

Imagen de Takahiro Hirabayashi


A la niña pequeña le gustaba vivir debajo de la mesa. Podía esconderse de visitas inoportunas y así no tener que besar a su tío con barba ni a su tía charlatana que le apretaba los carrillos como si exprimiese un limón usado. 

La pequeña niña se habitúo a estar rodeada por esas cuatro patas y cuando empezaba a rozar la madera con la cabeza, deseó intensamente no crecer más. 

- Iba para alta, pero es así de cabezota – decía su madre.

Así que sus amigos más bajitos que ella, siguieron visitándola y jugando durante casi un año más. Luego empezaron a quejarse de dolores en el cuello y en las rodillas. 

La niñita se quedó sola y entonces pidió con todas sus fuerzas crecer. Aumentó su estatura hasta que rompió el tablero. 

Desde ese día, necesitó que sus amigos y su familia le dijesen que era alta. Pidió a sus vecinos que la midiesen. Dibujó un metro en la pared para corroborar que había alcanzado el número de centímetros exigido socialmente. 

Pensó que si se había pasado podría vivir esta vez en el tejado, o en cualquier lugar sin techo dónde no llegasen ni su tío con barba ni su tía charlatana. 

Pero ella nunca supo cómo crecer por dentro y tuvo que vivir con un cuerpo tres tallas mayor que sus emociones.