sábado, 15 de febrero de 2014

UN CORAZÓN SIN GANAS


*  Imagen de Marcos Milewski


Nuestra llegada  al nuevo   apartamento no fue agradable. Nunca me sentí cómoda. Tras visitarlo, decidí continuar la búsqueda, pero finalmente,  me convencí de que mi estado de ánimo repercutía en cada una de mis decisiones y cambié mi mirada, imaginando formas de decoración que coloreasen los espacios y creasen el ambiente  que tanto necesitaba para mis procesos creativos.
Aturdida;  nos instalamos.  
Inventé un cuarto propio, donde refugiarme con mis  cuadernos, en un intento inexplicable de distanciarme de tu mundo.
Aislada me iba sintiendo mejor. Tu cuarto, nunca me gustó. Algunas noches  quise acercarme a ti.  Te visitaba, pero mi piel, al poco tiempo,  enrojecía y me picaba el cuerpo como si la sangre no fluyese por su camino, y se quejase pidiéndome a gritos regresar a mi espacio.
Al cabo de un mes, los lugares comunes seguían con las paredes desoladas. Ninguno de los dos quisimos adornar ni un centímetro de espacio que no fuese en exclusiva nuestro. La cocina acumulaba humedad y el suelo ennegrecido me entristecía, añorando de nuevo una dosis de comodidad mientras preparaba cada día el primer café.
Pronto llegó el frío, los cristales de las enormes ventanas lloraban siempre mojados. Caminábamos con rapidez para entrar en calor.
Concentrarse era tarea imposible, los dientes castañeaban y el cuerpo temblaba. Cuántas veces nos cerciorábamos del calor exterior bajando a la calle con la excusa de comprar cualquier cosa… Decidimos permanecer durante todo el invierno con los abrigos puestos también en el interior de la vivienda. 
Nadie nos dijo que el invierno no tendría fin. 
Olvidé la forma de tu cuerpo pues no se dejaba intuir bajo los tres jerséis de lana y la chaqueta de piel. Qué decir de mis curvas, escondidas tras una especie de edredón oscuro del que jamás me separaba.
Las noches eran solamente para dormir, el ambiente helado era agotador y corríamos hasta tumbarnos bajo las mantas sin ganas de que nuestras manos gélidas intercambiasen caricias.
Nuestros sentimientos también se iban convirtiendo en nieve, una capa blanca e impenetrable cubría sin avisarnos cada uno de los rincones de un corazón sin ganas.
A veces, el contacto con los amigos, alguna sonrisa surgida en la calle, la huella de una frase bella pronunciada siempre por otro… vencía aquella corriente de aire incómoda y reclamábamos un hogar. Tantas veces te zarandeé por dentro deseando un pellizco que me demostrase que aún nuestra relación seguía viva.
Qué fue de la brusquedad, no quedó ni rastro de sorpresa en ese cúmulo de sonidos repetitivos solo interrumpidos por  el crujir de tus nudillos contemplando el reloj de pared, siempre a la espera de que avanzase la aguja de los segundos.
Los adornos que se intercalaban entre los libros de la estantería,  se iban desgastando. Para leer ya no nos quedaba tiempo, las horas se esfumaban y desconcertados esperábamos el momento de clausurar el día que cada vez se adelantaba más.
El tiempo distorsionado se estiraba, envolviéndonos en sopor con episodios de ira en los que rompíamos el pleno silencio, para culparnos el uno al otro de nuestro eterno aburrimiento.
El cómodo colchón había adquirido la huella de nuestros cuerpos, las dos únicas tazas que permanecían aún sin romperse, reposaban junto al fregadero, con nuestros labios tatuados. Los dedos de mis manos se acoplaban entre los tuyos fundiéndose sin distorsionar la sombra de ayer.
Habíamos vivido continuamente duplicando instantes, borrando la palabra “efímero” del diccionario, pues todo, se volvió constante.  
Y cómo huir de un lugar tan pequeño, dónde ir, cómo salir si ni siquiera nos quedaba el deseo de abrir la puerta… 


miércoles, 1 de enero de 2014

DESDE LAS RUINAS





 * Pintura de Maribel Escandell

Tras la última campanada, doblo la esquina para ver otro paisaje en busca de desniveles que me obliguen a ejercitar  tobillos y contonear  caderas.
Necesito otros tonos de azul, diferentes, que se acerquen a mis ojos invitando a la inspiración, pero cada año responde a mis expectativas solo durante los primeros días. Más tarde; de nuevo  la misma esquina.
Sigue ahí, el mismo azul, tan cotidiano que se vuelve inapreciable. Mis tobillos se deslizan en la monotonía de lo plano con vulgar facilidad y acaban por frenar mis caderas invisibles. 
Arranco una a una, las hojas del calendario. Esta vez no tengo prisa, no importa el tiempo, no existe el tiempo. Pisoteo el mes pasado,lo confundo con el presente. 
Grito tanto que mi azul se rompe, mi alma se cubre de esquirlas celestes.
Me confunden adoptando el color violeta,  rojo, verde… quizá gris.

Amontono los restos, ilusa, en busca de recomponer un futuro en otro tono.

sábado, 12 de enero de 2013

LA CASA DE LOS VEINTIÚN ESPEJOS




Para Mauro 

Era la única casa en la aldea que permanecía vacía, conocida por todos como la casa de los veintiún espejos. 
Las  corrientes de viento del norte, entraban y salían por las ventanas enfrentadas aunque estas permaneciesen cerradas; murmuraban en un siniestro idioma. Siempre resultó fría, por los temblores que provocaban las imágenes de los diferentes espejos, mientras sus amas dormían. 
Hacía ya 9 años que las geishas habían desaparecido. Fueron felices en la casa de los veintiún espejos hasta el día del fatal desenlace. 
Las damas se alimentaban de placer a pesar de los apretados vendajes de sus pies, del interminable cepillado de sus negros cabellos y del agotador esfuerzo que realizaban para mantener el enorme espacio limpio, en estricto orden y con cada uno de los espejos en perfecto estado. 
Todas habían oído hablar del infierno ocasionado por un espejo roto.

Hubo un tiempo en que los armoniosos gemidos de  las mujeres de la casa, aderezaban la aldea y calentaban los inviernos. Cada una disfrutaba de su espejo y si alguna enfermaba o moría, se reunían en busca de otra dueña de modo que ninguno de los espejos quedara sin geisha.
Solo ellas se reflejaban  mientras recorrían su cuerpo recreándose en cada uno de los movimientos de sus dedos. La piel blanca contrastaba con sus cabellos de ébano. Su aliento cuando se acercaban desnudas a charlar unas con otras, era el  único instrumento permitido con el que acariciar la piel de sus compañeras. El aroma que desprendía su respiración, dejaba en las otras geishas, un halo de misterio en ese suave sendero en que el cuello desciende hacia el hombro.

Las ventanas permanecían con las cortinas cerradas para que no quedase hueco alguno por el que asomarse a ver sublime espectáculo.  Los vecinos ya habían dejado de intentarlo y disfrutaban simplemente con adentrarse en las situaciones que la imaginación les regalaba y con envolverse en la música celestial de los gemidos.

Cuentan que alguna vez intentaron reunirse dos chicas en una sola imagen pero si descubrían el inmenso placer que podía proporcionar en su cuerpo una mano ajena, el temblor provocado por el ritmo de una acelerada respiración agrietaba el espejo huérfano y su dueña era castigada con la enfermedad del letargo. El aturdimiento desembocaba en una ausencia de orgasmos y terminaban muriendo por la tristeza y la falta de alimento. 

Aún así en un par de ocasiones, lascivas geishas lo probaron a sabiendas de las consecuencias. Antes de comenzar, una partida de Go decidía cuál de las dos abandonaría su espejo. No existía la prisa en la casa de los veintiún espejos y el arriesgado juego, sabiéndose el último,  podía durar días en los que cada una de las yemas de los dedos de las protagonistas danzaba por el cuerpo de la otra deteniéndose durante horas en el húmedo orificio, mientras vibraban cubiertas solamente por restos de saliva.

Hoy se cumplen  nueve años desde el día en que todas al mismo tiempo decidieron jugar. Los desordenados movimientos y espasmos  guiaban el camino hasta un cálido rincón entre sus muslos, fuente del dulce jugo que con ansia saboreaban unas de otras. Los espejos desprovistos de geishas chocaban sus imágenes con las de los otros lanzando locura contra las paredes.
Dicen que fueron envenenadas por un láudano endulzado con jarabe de cereza que apareció en una de las ventanas la noche del Tanabata*.

Tras esa fecha no se volvió a saber de las mujeres. La aldea se quedó sin melodía. El sonido de los espejos al romperse asustó tanto a los vecinos que nadie se atrevió a entrar.  Desde que los espejos se hicieron añicos,  la mala suerte recorre las calles de la aldea.
Nadie vió nunca el interior de aquella casa, ningún vecino conoció alguna de las geishas, pero todos sabían lo que allí ocurría  y jamás hicieron nada por evitarlo.  Aceptaron como regalo la dosis exacta de erotismo que recibían disfrutando de  noches en que se transportaban en sueños al otro lado de los espejos.
Ahora anhelan placer, es el precio que tienen que pagar, y callan en espera de que alguien se atreva a abrir la puerta.

* Tanabata:   o Festividad de las estrellas es una festividad japonesa derivada de la tradición china Qi xi (七夕 "La noche de los sietes"). La fiesta celebra el encuentro entre Orihime y Hikoboshi. La Vía láctea, un río hecho de estrellas que cruza el cielo, separa a estos amantes, y sólo se les permite verse una vez al año, el séptimo día del séptimo mes lunar del calendario lunisolar.

viernes, 17 de agosto de 2012

EL BOSQUE DE PLÁCIDO


* Imagen de CARMEN BERGES

Plácido sonreía solo a medias, subía su fino labio superior, algo torcido, al tiempo que sus ojos se volvían más pequeños y brillantes pero sin hacer ruido. Sonreía a medias, en silencio, tímidamente; pero a quien le quería, le bastaba.
A veces escuchaba copla, pero jamás movía ninguno de sus pies al compás, ni cabalgaban sus dedos en la mesa al escuchar el sonido de la guitarra. Solamente sentía la música, en reposo, sosegadamente. Le gustaba; aunque no lo demostrase con ningún gesto. No conocía la pasión, ningún motor le movía a hacer locuras pues su vida estaba frenada por la moderación.
Es posible que  sus paseos por el campo, el cultivo de frutas y verduras y su perra Nona, fueran los únicos capaces de acelerarle la respiración y de hacerle cosquillas en el alma.  Es posible que no siempre fuese así, quizá algo le hizo cambiar y en otro tiempo retumbaban sus carcajadas y salían truenos de sus enfados. Pero yo le conocí así, aparentemente sosegado y algo triste.
Plantaba pimientos, tomates, habas, melones… y el tacto al recogerlos dibujaba una bella curva en la comisura de sus labios hasta que su compañera, Eris, centraba toda su energía en ridiculizarlo.
Esa mirada, solo levemente alegre, inmerso en su pequeño huerto, era suficiente para deleitarnos.
Si hacías algo que no era de su agrado te miraba mostrando algo similar al desprecio, sin decir palabra alguna, pero provocando incomodidad extrema, incluso ira. Pasado ese instante volvíamos a ver en Plácido un susurro de calma, sin acentos ni curvas.  Su vida era una línea recta, trazada con pulso firme.
En algunos momentos le habría encantado adentrarse en  las fiestas del pueblo, charlar con euforia tras tomar algunos vinos e incluso bailar…  pero no sabía cómo hacerlo. 
Plácido recorría todos los días el camino largo, hasta el final y regresaba con su sonrisa a medias y sin un ápice de fatiga. Nona movía el rabo de izquierda a derecha, respirando aceleradamente. Saltaba, ladraba y lanzaba su alegría por el campo orgullosa de que su dueño siempre eligiese el sendero que iba a ninguna parte.
Eris lo esperaba para explicarle de nuevo que los paseos demasiado largos son una pérdida de tiempo y le mostraba los siete relojes del cuarto de la prisa. Todos se habían puesto nerviosos por culpa de su caminata y ya no habría tiempo. No habría tiempo para algo.
Plácido casi se entristecía y se iba a su sillón orejero a pensar un poco hasta el almuerzo.
Le gustaba quedarse sordo ante los sermones de Eris, dejar que su mirada se fijase en un punto lejano hasta no ver nada, pausar sus manos sobre sus rodillas hasta dejar de sentir la áspera tela de su pantalón tejano…  Le gustaba callar y comprobar que Nona comprendía los silencios.
Sus conversaciones con Eris cada vez eran más escasas. Las palabras se fueron transformando en gruñidos y jamás se miraban a los ojos. Preferían observar el suelo mientras intentaban comunicarse o criticar el uno al otro, siempre que no estuviese presente.
Pronto Eris dejó de abrir la puerta a los amigos de Plácido y éste se limitaba a quejarse en soledad rascándose la frente y recorriendo una vez más el camino largo para así rodear la realidad y hacer caso omiso de las manecillas del reloj.
Sin visitas, invisible y con Nona como  única amiga decidió abandonar su no-hogar y buscar en el bosque un rincón en el que plantar  sus frutas y verduras disfrutando de paseos infinitos y charlando con los caminantes sobre el tiempo, los cultivos de temporada y si existía o no la palabra exacta para cada frase.
Se acomodó en una cueva y pronto consiguió mantas, utensilios de cocina, algún libro y otros regalos que le dejaban las personas que pasaban por allí.
Eris no lo echó de menos. Tardó días en darse cuenta de que el sillón orejero estaba vacío. Y rió creyendo que Plácido volvería mañana.
Ella jamás pasaba desapercibida. Hablaba alto, tropezaba con aquello que encontraba a su paso y sus falsas risotadas ensordecían constantemente al vecindario.
No se perdía ninguna fiesta para luego poder pasar semanas criticando a los asistentes. También le encantaba sacar brillo a los relojes y acelerar sus movimientos en el cuarto de la prisa convirtiendo cada uno de sus agobios en gotas de sudor frío.
En el bosque, lo que era una cueva abandonada, se convirtió en la morada de Plácido. Sin esfuerzo, conoció a montones de seres que disfrutaban de su conversación.
Aprendió a sonreír del todo. Cada uno de sus gestos era sincero y con calma disfrutaba de todo aquello que la naturaleza ponía a su alrededor. No se olvidaba nunca de Eris y engañado por la ilusión, confiaba en que un día ella fuese capaz de disfrutar de los pequeños detalles que él había descubierto y viniese a visitarlo.
Poco a poco, sin esfuerzo, todo lo bueno se fue trasladando al bosque, junto a Plácido.
El paso de los años se encargó de ralentizar el ritmo de sus piernas pero sus sueños seguían danzando por la cueva, aportando brillo a sus ojos.
Eris, sin embargo, corría veloz sin llegar nunca más allá de lo que su ausencia de imaginación le permitía. Su voz se volvió ronca  y su piel se arrugó pero mantenía su mirada altiva mientras fingía independencia. Sin deseos ni añoranza, seguía su absurdo ritmo intentando colocar el mayor número de tareas, en cualquiera de sus idénticas horas. Se detenía a veces tras la puerta de su casa. Miraba por la mirilla pero no había nadie.
- Dichosas visitas  - gruñía – No les abriré.
Pero pasó el tiempo y se dio cuenta de que no ya había visitas. También se percató de que aunque sus movimientos, gestos y rabietas iban cada vez más rápido, incluso en el cuarto de la prisa, la vida, se había detenido. Ya daba igual minuto más, minuto menos. Apenas se diferenciaban amanecer y anochecer. La soledad había impregnado toda la ciudad.
Plácido había aprendido a saborear las emociones que a veces se empujaban unas a otras para salir provocando vaivenes en sus entrañas, de los que disfrutaba cómodamente.
El bosque se fue llenando de gente que prefería crear su hogar dentro de una cueva, compartir el idioma de los árboles, cultivar, charlar…
Plácido envejecía feliz. Seguía obsesionado con la búsqueda de nuevas palabras que anotaba en su libreta pero consciente de sus confusiones se retaba constantemente a recordar el nombre de las comidas, los amigos, los días de la semana y ya no sabía si las palabras que escribía eran reales o inventadas por él mismo.
A sus amigos no les importaba que les cambiase el nombre ni dudaban jamás de la autenticidad de sus historias. Cuidaban de él y se esforzaban en que mantuviese la sonrisa completa que gracias a ellos practicaba a diario.
Después de los despistes vinieron los tropiezos. Sus piernas estaban también cansadas y su pulso no era ya firme para mantener la pluma con la que escribía.
Intentó recoger los frutos del huerto pero la fatiga le obligaba a detenerse. A veces, recordaba a Eris. Ella continuaba sola, sus hechizos bañados en rencor hicieron que el sol no quisiese salir y los habitantes de la ciudad habían abandonado el lugar en busca de luz y de calor.  Algunos optaron por el bosque atraídos por las buenas noticias que algunas mariposas dejaban caer por la ciudad sin apenas detenerse. Otros viajaron lejos en busca de una nueva vida y de vecinos que abriesen sus puertas y cuyas casas oliesen a café recién hecho.   Plácido ya no la echaba de menos pero le entristecía no haber compartido todo lo conseguido en el bosque con ella.
Cada día más cansado se rindió y se tumbó en un cómodo sofá con el fin de que poco a poco su vida se fuese apagando. Ya sin fuerzas para hablar aprendió a apretar las manos de sus amigos y a ilustrar sus pensamientos con abrazos. A veces la emoción dejaba caer alguna lágrima de sus ojos, pero era feliz viendo que nunca estaba solo y que aunque él se empeñase en marcharse, los habitantes del bosque se esforzaban en alargar esos días junto a él.
Un día Plácido se durmió, respiraba inquieto y en el último momento soñó con quedarse. Sintió calor en sus manos, el aroma de la naturaleza le acarició por última vez y sonrió consciente de que había tenido el tiempo suficiente para crear un lugar donde todo estaba en el sitio que le correspondía.
Nona no se separaba de él ni un instante, besó sus pies y lloró en silencio para regar la tierra donde su dueño descansaba y muy pronto, con ayuda de la magia, nació un bello manzano en cuyas raíces Plácido apoyó su cabeza y dejó que su alma fluyera por sus  ramas para, a medias, quedarse.
A mi padre,
 porque antes de partir decidió que su alma se quedase a mi lado

domingo, 5 de agosto de 2012

BORBOLETA

*Imagen de Julia Rozas

 
Su escondite tenía vida propia. Jamás se ensuciaba nada, cada cosa ocupaba el lugar correcto. Solía decirme que adoraba mis visitas porque mi inquieta mirada trastocaba todo ese orden espontáneo. El ritmo de mis pies y manos generaba un constante movimiento y sin querer los objetos que conformaban su cuarto terminaban participando en el baile del caos.
Se rompía la simetría, los ángulos rectos se  tornaban en agudos y los huecos de las estanterías se llenaban de letras. Durante las primeras horas, yo intentaba mantener todo como lo encontraba al llegar,  pero pronto, me daba cuenta de que se alimentaba con mi  porción de alboroto.
Una herida en su alma la obligaba a permanecer meses en reposo. Todos sabemos que un arañazo mal curado en tan importante lugar, podía dejar una cicatriz grave, de esas invisibles en las que el dolor crea un aura de energía bloqueada, solamente detectable si se analiza con la suficiente dosis de sensibilidad, la triste mirada de quien la sufre. Descanso y viento favorable, nos recomendó el anciano ciempiés mientras paseaba sobre la montaña de arena.
Sabíamos que era algo temporal y entre las dos intentábamos disfrutar de la quietud dejando que la imaginación nos ayudara  a viajar a ratos.
Una mañana, Borboleta me pidió que saliese en busca de rotuladores. Sin preguntar para qué, me propuse encontrar los mejores colores. La magia debía proporcionar a cada trazo el brillo correspondiente a  la emoción que moviese su mano.
Deseaba colores que perdurasen en el tiempo sin deteriorarse con el jugo de la vida ni con las lágrimas de la muerte. Necesitaba que con una misma punta, el grosor de cada  línea fuese idéntico al que su imaginación inventara.
Recorrí todas las tiendas y visité alguna Escuela de Color. Todo fue inútil. Suerte que mi reloj adquiría un ritmo inversamente proporcional a la trascendencia de la acción desempeñada, con lo cual, casi dispuse de tiempo infinito.
Decidí descender hasta el fondo del Pozo de la Soledad, jamás se debía hacer sin antes descartar todas las opciones. En esta ocasión, era el único lugar que me quedaba por visitar.
La escalera era cada vez más estrecha y la oscuridad me asustaba pero ya había bajado en dos ocasiones, además,  la vida me había enseñado a disfrutar de la soledad e incluso a necesitarla.
Acurrucada en el fondo del pozo supe que cualquier objeto  podía ser inventado.
Me concentré para viajar a través de mis imágenes. Mis sentidos se acentuaban y el eco de mi respiración junto con la intensidad del color de cada escena visualizada, me mantuvieron un rato en tensión, hasta que me acomodé a la ausencia de tiempo y espacio, y volé.
Desapareció el miedo y me dispuse a buscar la creación anhelada.
No sé cuánto tiempo pudo pasar según las manecillas de un reloj corriente… En mis manos sostenía  varios rotuladores dignos de Borboleta. Relamí mis labios a sabiendas de que todavía quedaban restos de láudano en las comisuras de mi boca y disfruté con la  caza de sueños para ilustrar, tiñendo las empinadas cuestas de ahínco y ensombreciendo los recovecos más turbios con nubes de humo perfumado.
Salí del pozo y caminé feliz hasta el hogar de Borboleta mientras saboreaba la sonrisa reconfortante que vería en su rostro, al entregarle las herramientas que me solicitó.
La felicidad que surge cuando haces realidad una ilusión consigue, en la mayoría de las ocasiones, que olvidemos la resaca que sigue al uso de los brebajes en situaciones de magia.
Aún así preferí intercambiar unos cuantos días de mi tristeza por hacer realidad los sueños de Borboleta. Nací escribiendo dramas y me manejo cómodamente entre melancolías y sudor.
Borboleta nada más ver los rotuladores mostró una sonrisa tan grande que sus finos labios bailaron hasta colocar cada uno de sus rizos en el lugar apropiado para embellecer la cabeza de nuestra dama. Se marchó tarareando una canción que acababa de inventar hasta su taller de ilusiones y allí se puso a colorear su herida.
Trazaba finas líneas de color negro que parecían surgir sin sentido pero que cobraban divertidas formas haciendo cosquillas en su piel cual  laberinto. Después rodeaba la primera línea con otra, y otra, y así sucesivamente hasta rellenar toda la zona dolorida. Una vez completado el dibujo, combinó colores brillantes para muy lentamente cubrir todo el hueco que quedaba entre  trazo y trazo.
Como no había ni un ápice de prisa yo me refugié en la cocina para proporcionarle  bizcocho de chocolate con naranja y hojaldres cubiertos con crema de verdura y queso. También recogía agua fresca de la fuente dónde se lavan las penas, y buscaba melodías alegres para que los diseños no perdiesen el brillo.
Por las noches estiraba bien las sábanas sobre su colchón favorito y dormíamos deseando que el amanecer nos despertase para seguir con nuestras tareas.
Día tras día, la herida iba cobrando otra forma. Desde su vientre iba trepando hacia su espalda formando dos enormes pétalos en tonos rosados.  La textura era similar al algodón, lo que le permitía dormir cómodamente, pero pronto la creatividad venció al cansancio y comenzó a moverse flotando por todos los rincones de la casa, recuperando su habilidad para volar.
Pasados cuatro meses  recibimos inesperadamente la visita del anciano ciempiés que certificó la recuperación total de Borboleta, permitiéndole bailar entre huracanes (esas fueron sus palabras) si así se lo pedían sus alas.
Yo, pronto finalicé los trámites con  mi última cuota de tristeza y sonreí mientras ponía orden en el cajón de los cuentos para dejar hueco a la próxima historia.

* Para mi hermana Rosa, capaz de colorear sus heridas hasta convertirlas en alas



jueves, 5 de julio de 2012

A NADIE

* Imagen de Carmen Navío


Nadie entendió que en soledad, te empeñases en construir un minúsculo refugio.
Con el mismo esfuerzo se podía haber construido un castillo o al menos una casa lujosa; pero aquel romántico escondite donde solo cabían unos cuantos libros… carecía de valor.

Nadie supo el motivo que te empujó a inventar una escalera  interminable, en cuyo extremo solamente había un árbol.

No supieron porqué cada mañana, subías uno  a uno los escalones, para regar sus raíces y charlar con él, si la única respuesta que recibías era su aroma y el intenso verdor de sus hojas.

Y ahora, cuéntanos, ¿para qué llenabas hojas de letras si después nadie las leía?

Solamente cuando el árbol dio fruto, los niños comieron sus manzanas y tú compartiste tus cuentos, lo entendimos todo.

Entonces borraste cada una de tus huellas y desapareciste sin más... hasta que un día, alguien bañado en nostalgia, susurre tu nombre a la luna.