jueves, 5 de julio de 2018

TRES VIDAS

Fotografía de Souichi Furusho 


Me dijo que le llevó tanto tiempo aprender a vivir que una de las nornas le otorgó tres vidas.
Yo no supe leer el gesto que acompañaba sus palabras. 

La primera vida comenzó como todas, con un nacimiento, como si fuera la única, pero se tornó en simulacro.

La segunda vida fue precedida de un susto; después tardó unos años en encontrar su cuarto. 

Siguió preocupándose por el futuro, los relojes, los calendarios, las agendas… sin dedicar tiempo a subrayar un ahora.

La tercera vida comenzó con un alivio, una puerta abierta, maletas y el movimiento de esas alas que no se había atrevido a utilizar. Reconoció que mantenía aún el susto de la anterior y por eso le dolía el pecho.

Sí, aquella mujer aprendió a vivir en su tercera vida; sacudió el polvo de su espalda, olvidó los escombros y jamás gastó su tiempo con aquellas personas que le lanzaban la palabra “suerte” 

LAS GEMELAS



Ángela y Tatiana Cruz eran idénticas por fuera pero habían dividido sus tareas, una de ellas se decantaba por el deber y la otra por el placer. 

Cuando se preguntaban cual de las dos era más feliz, no encontraban respuesta. 


Hubieran preferido poder intercambiarse un rato cada día y aprovechar su similitud para trastocar sus agendas y vivir de vez en cuando al otro lado. 


En realidad, solamente el deber podía anotarse en una agenda. 


Los padres de las hermanas Cruz les regalaban una a cada una el último día del año. 


Una de las agendas, la dedicada al placer, se mantenía en blanco y no porque su dueña no hiciese nada, sino porque hacía tantas cosas que no le quedaba tiempo para anotarlas. Ella siempre prefirió la vida sin titulares.


EL FUNCIONARIO




Entre ellos hay una mera transacción, una frase después de un buenas tardes, un traqueteo de euros y un ticket de despedida. 

Las paredes del lugar son tristes, el aire acondicionado aporta la temperatura adecuada y cinco personas atienden al público que extrae de la máquina su turno. 

 
Ella le mira y cruza los dedos para que le toque él. 
Él también mira de reojo y hace un repaso mental para ver si tiene que despachar rápido o ralentizar su conversación. 


No sabemos si es la mente de él o los rituales de ella pero podríamos calcular que en un 90 % de los casos consiguen mirarse a los ojos e incluso rozarse la mano aprovechado el cambio de monedas o la entrega del comprobante. 


Pero no se les ocurre cómo intercalar una propuesta de cita entre esas cuatro frases vacías. Han conseguido bromear, quejarse del calor, saber sus nombres e incluso fantasean en sus casas con el siguiente encuentro. 


Ni siquiera saben cómo se han enamorado sin conocerse.