viernes, 4 de agosto de 2017

LA ESCALERA

Imagen de Karen Jerzyk 

Cuando a Leonor Prieto le comunicaron por teléfono  que la única forma de optar al puesto de trabajo, era acudiendo a una entrevista el lunes día 2  a las once en punto de la mañana, aceptó intentando enviar su fingida sonrisa a través de la voz, hasta el otro lado del aparato.

 - Calle del Espino, núm 121,  piso  42º - B, la torre más alta que hay al final de la calle, no tiene pérdida.
Gracias, lo he anotado todo. Hasta el lunes -  susurró Leonor con su habitual cruce de dedos e intentando no enviar su sincera preocupación  a través de la voz, hasta el otro lado del aparato.

Conectó el móvil ya con poca  batería y fue rápidamente a lavarse la cara. Se mojó con agua caliente, después con agua fría y se frotó con la toalla hasta dejar su piel  enrojecida. Detestaba el suavizante y cualquier tejido suave.
Se sentó en el suelo y a los pocos minutos, caminó de nuevo hacia el lavabo. Agarró unas tijeras y se cortó la melena improvisando cortes irregulares,  trasquilones,  mientras  el suelo se llenaba de cabellos que nadie querría barrer.

El lunes intentaría hacerse un recogido y llevar puesto el gorro que robó de aquella tienda francesa. Habría estado mucho mejor con su pelo suelto pero no siempre conviene acudir a los lugares importantes con absoluta comodidad. A Leonor le gustaba castigarse cuando se tenía que enfrentar a una escalera. Llevaría calzado incómodo y por supuesto, subiría andando.

Imaginó un ascensor grande, con espejo, y comenzó a sudar hasta que cayó al suelo mareada. Tras una hora de aturdimiento, pudo llenar un vaso de agua y se tomó un par de pastillas para dormir.

Tanto el sábado como el domingo se desvanecieron entre el suelo, el espejo del baño, los somníferos y la toalla más rugosa.
Así alcanzó el lunes con su mirada puesta en el calendario de pared, su peinado asimétrico y una ardua búsqueda por el mueble zapatero para localizar el calzado más estrecho.

Prefirió botas aunque fuese agosto.

Desayunó los restos de la cena, se mojó la cabeza y reunió algunos pelos, los más largos,  dentro de una goma usada, con una especie de trenza inacabada que cubrió con el gorro.
Se maquilló débilmente y se sorprendió ante el espejo por esa belleza que tanto le costaba derrotar.

Recordaba al menos cuatro crisis en su adolescencia, todas dentro de un ascensor.

Tras un breve trayecto en autobús llegó al portal que solo podría digerir en el momento exacto de la salida. No se detuvo en las paredes ni en la enorme lámpara, mucho menos en la moqueta granate. Saludó a un portero gris y comenzó escalón a escalón su avance, teniendo como meta el número cuarenta y dos.

Habría algunas pausas, quizá encuentros y saludos con desgana, y esa desorientación que viene dada al perder la cuenta de las plantas superadas.

Después de unos minutos caminando quiso saber cuánto le quedaba y se sorprendió al no encontrar ningun número que indicara el piso. También se dio cuenta de que no había visto ningún ascensor. Llamó a un par de puertas conocedora de la vergüenza que soportaría cuando le abriesen pero nadie abrió.
Decidió subir un poco más y se cruzó con una señora de uniforme azul oscuro y edad imposible de adivinar.


         - Perdón ¿podría decirme en qué piso nos encontramos?
          - Imposible saberlo, yo nunca estuve aquí, señorita. Y si viniese, me guiaría por las grietas de las puertas.

La mujer desapareció veloz sin ni siquiera levantar la vista. Había sido de poca ayuda.

 Sofocada,  se sentó un instante en los escalones. Además del sudor notaba esa sensación que todos padecemos alguna vez cuando en una cita importante olvidamos algo. Abrió el bolso y miró sus pertenencias. Tampoco tenía que entregar ningún documento salvo su DNI que iba siempre en la cartera. Además encontró un par de peines, un sacacorchos, un anillo demasiado pequeño que descubrió en un banco del parque, una bolsa de fieltro verde con tres canicas que le daban suerte, un libro de aforismos, gafas de sol, monedero y algunos sobres de azúcar que solía coger en los bares que visitaba.

Le gustaba el café muy dulce, frío pero sin hielo y acompañado de cualquier alimento salado.

Recuperado el aliento volvió a mover sus pies con el temor de no enterarse nunca de si había llegado o no a su destino.

Subió aproximadamente ocho pisos más y se sintió muy mareada. Abrió un sobre de azúcar y  echó todo el contenido en su boca. Tenía sed pero no llevaba agua.  Podría llevar unas veinte plantas, quizá veintitrés.  Quedaba casi el doble y lo peor, tampoco llevaba reloj. 

¿Dónde está el móvil? Sabía que olvidaba algo. 

De repente en su mente solo había dos pensamientos, conocer el piso en el que se encontraba y saber la hora que era. Volvió a llamar a varias puertas y no obtuvo respuesta.

Tenía pánico a los ascensores, a quedarse encerrada y sin embargo estaba sintiendo exactamente lo mismo. Estaba atrapada en una escalera sin saber el número de escalones que había hacia abajo, sin saber el número de escalones que le quedaban hacia arriba. Además no podía realizar una entrevista en ese estado.
Sin pensarlo abrió el bolso, sacó el monedero y ahí estaba, envuelta en papel de plata una pastilla para dormir. La colocó sobre la lengua e hizo un enorme esfuerzo para tragarla sin agua.  No era una buena idea, pero era la única que había sido capaz de tener.

Durmió apollada en la pared durante un buen rato.

Se despertó con el sonido de una puerta corredera, abrió los ojos  algo atontada  y vio frente a ella un ascensor. Vaya, parecía que todo volvía a la normalidad. Del ascensor salió un señor trajeado, con una bolsa de papel kraft en la mano. Parecía llevar prisa como todos los hombres de ese aspecto.

 - Perdone, en qué piso nos encontramos.
 - En la planta 41, señora.

Fue entonces cuando Leonor Prieto suspiró aliviada.  Solo faltaba una planta.
Echo un vistazo a su alrededor y nerviosa llamó de nuevo a aquel hombre.


   Perdone de nuevo ¿Cómo puedo volver a la escalera?
   -  Señora, tome el ascensor, en este edificio no hay escalera. Solo una de emergencia metálica que va por el exterior y a la que no se puede acceder salvo en caso de emergencia. Unos cuantos hierros que comparten ambas torres por si un día salimos ardiendo.
         - ¿Cómo subo, entonces? Voy al piso 42… ¿Cómo bajo después?
        - ¿Se encuentra usted bien? Ya se lo he dicho, el ascensor funciona siempre de maravilla  - le respondió guiñándole un ojo – bromeaba con lo del fuego.


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