domingo, 30 de julio de 2017

EL NIÑO LECTOR

Fotografía de Xia Xiao Xu

La Sra. Monteiro había trabajado de bibliotecaria durante más de cuarenta años. No tenía familia y su marido la abandonó tras el suceso. Tuvo una relación muy cercana con todos los vecinos y hasta que murió intoxicada con una estufa de gas, se apañaba bien sola;  solo pedía ayuda cuando padecía alguna de sus  horribles migrañas.

Durante una temporada su marido insistió en contratar a una chica para que se encargase de cocinar y limpiar la casa. Lo hizo aún en contra de la voluntad de la señora. La chica trabajó con ellos durante un mes solamente porque un domingo de agosto se lanzó por el balcón y se mató. No se habló mucho sobre el tema en el edificio y unos días más tarde, el marido desapareció sin dejar rastro.

Tras la muerte de la anciana el piso había estado desocupado algo más de tres años hasta que por fin se escucharon pasos en el piso de arriba.

Muriel se alegraba del silencio que aporta la ausencia de inquilinos pero quería que viniese nueva gente, alguien joven para renovar la energía del barrio. Echaba de menos voces de niños, sonidos de pelota, incluso algún llanto a medianoche.

Esperaba el ascensor en la planta baja cuando vio entrar a una señora con un niño de unos siete años. El niño llevaba un libro en la mano. Eran los nuevos vecinos, sin duda.

- Buenos días – se saludaron ambas mientras esperaban con esa mirada perdida de quien no quiere ver.
- Hola joven ¿Te gusta leer? – preguntó Muriel en un intento de cordialidad y algo sorprendida cuando vio que el libro era una novela de uno de sus autores favoritos: Sándor Marái.
- Sí – dijo el pequeño – Uno siempre responde con la vida entera a las preguntas más importantes.
- No haga caso al niño – dijo la señora que lo llevaba de la mano – memoriza todo lo que escucha y a veces resulta extraño lo que dice.

Muriel se bajó en el tercero y sí, ellos subieron hasta el cuarto.

La voz del pequeño había sonado demasiado adulta. Se fijó tanto en el crío que no recordaba la cara de la señora. La verdad es que habían evitado cruzar sus miradas. Hay rostros en los que nadie quiere detenerse por la sobredosis de normalidad que proyectan. Siempre le gustaron las pieles con cicatrices y se encaprichaba con esos hombres que parecen mirar de forma diferente con cada uno de sus ojos. Disfrutaba sacando de quicio a las personas que hablan en susurro.

Dentro de cada individuo hay un grito que desea romper un cristal.
Muriel se quitó los zapatos y se tumbó en el suelo para sentir la espalda completamente recta, agarró sus auriculares y escuchó bien fuerte “Valtari”,  de Sigur Ros. Cuando abrió los ojos era ya de noche. Encendió la luz, sintió de nuevo ese viento frío que tanto le incomodaba, “es la forma que tiene el miedo de acariciar”, le decía su madre de pequeña.

Buscó la caja que escondía bajo la almohada y allí estaban todos esos dientes que de pequeña renovó. A su ex le daba asco y un día le pidió que no le enseñase más esa especie de reliquia de una infancia muerta.

Tendríamos que cambiar nuestra boca cada tres años, modificar el mordisco, el beso, perder la fuerza en un dolor de encías y después comenzar de nuevo.
Sonrío y puso los recuerdos en su sitio.

Fue hacia la cocina para prepararse sin ganas un tortilla francesa. Se sirvió un vodka con zumo de tomate mientras cocinaba. Le sorprendió no escuchar al niño del piso de arriba. Los tacones de la madre recorrían el suelo al otro lado y una risa de hombre parecía flirtear con ellos. Imaginó que bailaban y que el niño ya dormía.

Al día siguiente se encontró de nuevo a la vecina con el pequeño, esta vez en la blbilioteca del barrio.  El niño se empeñaba en llevarse “El Don de Vorace” de Félix Francisco Casanova y la madre asintió finalmente con un gesto cansado. La  madre era otra, una mujer más joven, más alta, cuyas manos se desenvolvían bien tocando el aire.
- Hola guapo ¿cómo te llamas?
El niño dio una carcajada y no dijo nada
- ¿Has bajado al parque a jugar? ¿Vas a leer ese libro tú solo?
El pequeño la miró sorprendido y siguió en silencio
- ¿Cómo te llamas?
- Morgan, señora, Morgan Castro. Me interesa el tema de la inmortalidad y comprobar que contrariamente a lo que se piensa, nos aportaría la mayor infelicidad.

Muriel no fue capaz de responder. Le intrigaba la forma de comportarse del pequeño. La mujer sonrió al verla palidecer con la respuesta.

A partir de ahí los encuentros con los vecinos, con esta segunda mujer y el niño, iban acompañados de un libro.

La primera señora debía ser la niñera o incluso la abuela. Recordó cómo se disculpó por el comportamiento extraño del pequeño algo nerviosa y sí, era muy mayor para tener un niño de esa edad. La primera señora usaba el mismo perfume de lilas que la Sra. Monteiro. Se puede olvidar un rostro pero jamás un aroma.

Una mañana, Muriel se encontró al niño solo en el portal.

- Hola pequeño ¿Qué haces aquí solo?
Como respuesta esta vez solo obtuvo un gesto de aburrimiento. Los buzones estaban demasiado altos para que Morgan alcanzase, alguien le habría dado la correspondecia que llevaba en la mano. El niño subió en el ascensor y Muriel aprovechó para cotillear el buzón.

Piso 4ª B – Morgan Castro y Delfina Aranda

No aparecía ningún nombre masculino más. Quizá la voz que ella escuchaba fuese de una nueva pareja de Delfina que no vivía con ellos. Eso explicaba que nunca se hubiese cruzado con él.
Muriel se empeñaba en saber más.

Subió a su piso y se comío tres tabletas de chocolate negro que le quedaban en la despensa. Había adelgazado mucho y el azúcar le sentaba bien. Caminó hacia su cuarto nerviosa para comprobar que su caja con los dientes seguía bajo la almohada.

Su ex se enfadaba con ella por seguir una dieta tan dañina. Hubo un tiempo en el que intentaron tener hijos pero ella tuvo un par de abortos quizá debido a la anemia crónica que tanto la debilitaba.

Se preparó un vodka con hielo y se miró en el espejo del pasillo con el vaso en la mano. Abrió su boca para ver sus enormes dientes. Le encantaría perderlos como antaño. Sentía un gran alivio cuando soñaba que sus dientes se movían y que conseguía arrancarlos de uno en uno.
Arriba sonaron de nuevo los tacones y esa risa sensual de hombre.

Muriel miró en su estantería y descubrió en la parte trasera un libro de cuentos infantiles que de pequeña adoraba. Lo tomó y subió sin pensarlo demasiado al piso de arriba. Era hora de que aquel niño leyese algo acorde a su edad.

Llamó a la puerta de sus vecinos y esta vez sí, abrió la puerta un hombre moreno de unos cuarenta años que la saludó afablemente.

- Buenas noches , le traigo un libro al pequeño Morgan. Sé que le gusta leer.
- Perdone señora pero no tenemos niños. Aún – dijo mostrando una perfecta dentadura.
- ¿Morgan Castro no es su hijo?
- No, señora, Morgan Castro soy yo. ¿No me recuerda?


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.