martes, 14 de febrero de 2017

CONTAMOS


Quizá tenías  sin saberlo, la llave de mi propio cuarto y aquel día, me la entregaste. 

Tu voz transformó mi reposo en lupanar y los rayos de un sol inventado, se encargaron del resto. 

Después fingimos dormir en el sofá, hasta que una leve luz acarició tus párpados. Tu mirada descendió hasta mi mano derecha y con un suave movimiento, la invitaste a un paseo bajo mi falda con el fin de enseñarme otra manera de contar. 

Simulé que despertaba  y sonreí mientras te  prestaba mis dedos. Tú me ayudaste a introducirlos uno a uno en mi vagina. 

Durante el viaje, tu aliento quemaba mi cuello.

Te escuché susurrar UNO  y sentí la humedad entre mis piernas. Mi respiración se aceleró al notar el dedo meñique en mi interior. Presionaste, suave,  y después lo deslizaste con calma hacia afuera.

DOS: el dedo anular jugó, asomándose a mi vulva. Se mantuvo dentro unos segundos y apretaste mis muslos para que no se escapara.

TRES: Me rendí, e inmóvil, esperé con hambre el dedo corazón.

CUATRO: en el número cuatro te paraste. Tus ojos tenían sed. Te colocaste sobre mí clavando tus dientes en el valle que desciende hasta mi hombro. Presentimos la llegada de mi orgasmo con una nueva presión. 

Dibujé una cuerda imaginaria con tu saliva; paralicé mis manos y piernas y te cedí mi cuerpo. 
Fuiste  tú,  quien después entró. 

Así, amarrados, arrugamos las sábanas hasta saciar el apetito restante.  




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