sábado, 27 de agosto de 2016

MUJER ÁRBOL

Imagen de Soey Milk 


Cubierto de mariposas el árbol muerto florece. 
Kobayashi Issa

El otoño me reconfortaba. 

Ansiaba la sombra de los árboles abrigándome en los momentos de soledad. Saboreaba el sonido del viento que al mecer las hojas secas, inventaba una alfombra de cálidos tonos. Además, solía susurrarme palabras que yo anotaba en mi cuaderno.

Rodeando el viejo pozo, surgían pequeños matorrales de color verde que resaltaban entre los colores que otorga septiembre. Ese año el verano no se resistió a abandonarnos.

Cada vez que tenía que tomar una decisión importante, pedía consejo al bosque. Confiaba en la sabiduría de las encinas, en la experiencia de las piedras que forman el camino y en la buena energía que depositan los pájaros en cada vuelo.
Me escondía durante días, tal vez una semana, y permanecía desnuda, sin nada que me perteneciera y sin obligaciones. El viento arrastraba dudas, removía emociones y las colocaba en su lugar con destreza, tal y como estaba acostumbrado a hacer con la hojas.

Siempre quise un amante que supiera acariciarme como ese viento del bosque en septiembre.

Llevaba años sin acercarme al Gran Árbol; esa vez requería un encuentro. 
Debía acariciar su gruesa corteza y contarle cuentos capaces de sacarlo de su letargo. El momento que atravesábamos necesitaba urgentemente su despertar. Era el único que podía comunicarse sin palabras con el resto de  habitantes, el único capaz de vislumbrar el futuro y retocarlo para evitar una catástrofe.

Caminé en su búsqueda durante horas y lo abracé. Mis brazos se volvieron minúsculos y no conseguí abarcar su enorme tronco. Me quedé muda. Me senté en su regazo y en silencio hablamos durante varias noches. 
Él me habló de su miedo al fuego, de su necesidad de agua, de la tierra que protege sus raíces y de su amigo el viento que le acaricia donde ninguna mujer alcanza con sus manos.

Protegida, me avergonzó  mi debilidad tanto como mis absurdos problemas.
Callé y borré mis cicatrices frotándolas suavemente con las yemas de mis dedos mojadas en rocío.
Pensé en la  comodidad de mis botas y las arrojé al valle.  Nunca  fueron capaces de disfrutar de los arañazos que dibuja la hojarasca en la planta de mis pies.

Olvidé todos los días de la semana y me tumbé en el suelo.

Afilé un pedazo de corteza del árbol y la adentré en mi brazo. La sangre resbalaba formando riachuelos calientes en mi cuerpo. Apreté con fuerza mientras giraba la punzante arma que se abría camino a través de mi carne. 
Me regocijé en el intenso escozor y regué las raíces del Gran Árbol con mi sangre hasta que la extrema palidez de mi piel me avisó del inevitable desmayo.

El Árbol bebió, sumergido en un placer inmenso.

Sus raíces me poseyeron mientras consumían mis últimas gotas del líquido espeso que pagué, por cada lección tatuada en los círculos de su grueso tronco. Una delicada lluvia limpió los restos del ritual y  yo me fundí con el árbol mientras mis secas extremidades se transformaban en fuertes ramas

Ese día acaricié esos rincones donde ninguna mujer podrá llegar.


4 comentarios:

  1. Precioso, estremecedor. Me recuerda un poco al cuento del ruiseñor y la rosa. Me encanta. (Rema)

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    1. ¡Gracias, Rema! una primera frase... y cobró vida. El lápiz no sabía si escribir un cuento o un poema pero se puso a hablar del bosque, eso lo tuvo claro.

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  2. Pues me ha encantado!!!!

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    1. Gracias Esther, a mí me encanta que pases por aquí.

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