lunes, 30 de noviembre de 2015

EL EQUILIBRISTA DESCALZO

Imagen de Duy Huynh

Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin esa idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.
Emil Cioran

La escena se repitió una y otra vez durante mi infancia. Veía tan cerca sus pies… Se colocaban uno delante de otro, despacio, con un ligero temblor,  hasta que conseguía cruzar la fina cuerda.
Aún recuerdo con detalle su traje azul con bordados dorados y de nuevo veo sus pies de piel agrietada, con largos dedos y cuidadas uñas. Ni siquiera el sombrero se caía. Ni siquiera su sonrisa se alteraba. Ni siquiera era capaz de disfrazar su mirada con un velo de miedo para que a los niños nos resultase  más creíble.
Me obsesioné con la absurda imagen y durante los quince días que permaneció el circo en la ciudad, supliqué a mis padres cada tarde poder ver al equilibrista.
Quince tardes seguidas viendo el mismo espectáculo, deseando que alguno de sus pies oscilara más de lo debido para verlo volar.
Lloré durante horas cuando el circo desapareció. Pedí a gritos poder ver cómo guardaban todo en enormes camiones. Necesitaba despedirme de mis obsesiones, ver al equilibrista con otra ropa, ver sus lágrimas tras el maquillaje, comprobar que también tenía zapatos.
Pero allí estaba con su traje azul, sus pies oscuros y su hipócrita sonrisa firmando unas cuantas camisetas, donde se podía leer: “Circo Arrivo”  que lanzaba por los aires para que los niños las cazásemos como si fuésemos leones hambrientos.
Mi madre me dio un suave empujón para que fuese en busca de una, pero yo lloré aún más fuerte para que el equilibrista me escuchase. Se acercó para entregarme personalmente su camiseta y entonces fue cuando de cerca, pude comprobar que refugiado en su sonrisa se encontraba un diente de oro. Agarré la prenda la lancé al suelo y la pisé una y otra vez.
Sentí rabia, odio. Posiblemente  algún día se cayó, perdió un diente y yo no estuve allí para verlo. Mi madre me cogió en sus brazos y le pidió perdón guardando la camiseta firmada en su bolso. Nos fuimos a casa.
Por la noche, cuando todos dormían, cogí unas tijeras, busqué la camiseta y la rompí en mil pedazos.
Desde aquel momento, no he podido librarme de esos sueños. Aquellos pies moviéndose en una monótona línea recta, han convertido al personaje en parte de mi vida.
Mi mayor deseo en aquella época pueril era que el odioso funámbulo cayese al suelo, que no hubiese red, que ocurriese algo horrible que rompiera el equilibrio y  terminase con  aquellas tardes grises en las que se repetían las actuaciones de forma mecánica, utilizando las mismas ropas, los mismos diálogos, la estúpida cara de fingida sorpresa interpretada por mis padres, el sonido reiterativo de los aplausos… Solo quería que ocurriese algo diferente y que la vida, con cosquillas o arañazos, me hiciese una señal.
Recuerdo mi niñez como una sucesión de mentiras, evoco los pies descalzos del equilibrista en un intento de mover la cuerda que gobierna mis días y ver cómo todo se desmorona pidiendo la reconstrucción de mi mundo con urgencia.

Ansío un cambio drástico, adoro romper en jirones la estabilidad, reciclar la realidad y mantener el movimiento que me demuestra que estoy viva.

Crecí, y un lunes como todos, en una ciudad cualquiera, conocí a Owen.

Vestido con un pantalón negro ajustado, sin camiseta y temblando de frío, intentaba volar mientras los dedos de sus pies, se agarraban a la barandilla del puente de metal como si el miedo transformase sus extremidades en potentes garras. Me dirigí hacia él y sin hablar miré esos pies descalzos y cobardes que se adherían a la vida.
Deseé que saltase, pero Owen descendió hasta el suelo, se puso una vieja sudadera, me apartó y caminó sin mirarme.
Le seguí, le grité, pero no se detuvo. Caminamos a un metro de distancia, cada vez más rápido hasta caer rendidos en un banco del parque. Descansamos sin hablarnos, temblamos de frío y, sin tocarnos, escuchando su acelerada respiración, decidí no separarme jamás de él. En ese instante unimos nuestras manos y le guié hasta mi apartamento.
Aquella noche, compartí con él cada centímetro de mi realidad sin conseguir ni una palabra  a cambio. Le  conté cuentos que yo misma inventaba mientras acariciaba sus pies. Le ofrecí papel y lápiz para que ilustrase mis palabras pero de sus manos no salió ni un trazo. Con un poco de maquillaje intenté dibujar en su rostro una sonrisa pero tras unos  segundos se distorsionaba.
Owen carecía de voz, de imaginación, de expresión…

Inventé que  Owen era un ángel, que había venido a liberarme de mi pesadilla. Apoyé su cabeza en la almohada, tapé su cuerpo con una vieja sábana y me marché a mi cuarto dispuesta a confeccionarle un par de alas para que él también recuperase su libertad.

En solo unas horas aprendí a coser. Fui confeccionando instantes lentamente con trocitos de aquí y de allá. Conseguí que no se notaran los remiendos. Estudié la forma de hacer diversos zurcidos. Inventé las puntadas sinceras que penetraban en los tejidos con la dosis justa de dolor y perfeccioné el hilván pertinaz que en los momentos nublados seguía su ritmo. 
Y siempre me servía del pespunte preciso para poner punto y final a cada una de mis costuras.
Después del afilado zurcido, terminé mi trabajo y sin poder evitar alguna lágrima que ablandó la tela, le entregué a Owen sus alas.

Caminamos rápido hasta el punto en que nos conocimos mientras el amanecer venía tras nosotros.
Le ayudé a colocarse las alas que encajaban perfectamente en su espalda.

Tras un abrazo, subió a la barandilla del puente donde posó sus dedos ya relajados y sin más, saltó.

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