martes, 11 de agosto de 2015

ME QUITO EL SOMBRERO

Imagen de Chiara Fatti 

Si algo identifica a los músicos es que saben cómo llevar sombrero. 
Stephen King

Solo dos aromas: jengibre y canela, acompañados por un vino tinto, simulando  la más a
rrogante cereza que se mece en mi lengua.

Y el cuaderno, siempre a mano, de tapa blanda y papel grisáceo. El lápiz obedece a mi mente que fluye libre sin detenerse en motivos.

De este modo nacen los cuentos sin esfuerzo y luego se acomodan en un antiguo baúl, con disfraz de orgullosos para disimular su  cobardía.  Los más clásicos se asoman si se sienten cómodos. Los de color rojo aguardan a sabiendas de que se han llevado todo el carisma y deben esperar su momento. Los grises están tan descoloridos que no se ven y además se han vuelto mudos. Los mejores son los afilados…

Los cuentos afilados quieren saltar al vacío y caer sobre cualquiera que no lleve sombrero. El lápiz se empeña en que no terminó su tarea y les ordena calma. Sé que les están saliendo alas y que pronto alguien los verá volar y sabrá que son míos. 
Me avergüenzo de ellos y los amo al mismo tiempo.

He probado a meterlos en la bañera, papel mojado, y dejar que pierdan las letras y que la historia sea imperceptible pero permanecen en mí y cualquier día oscuro podría  arrojarlos de nuevo contra el cuaderno. No hay bálsamo capaz de paliar la enfermedad del escritor, por ello opto por dejarme llevar y aquí me hallo, con una fina estela rojiza en mi labio inferior, degustando un caldo y abriendo en silencio el baúl.

Las letras del comienzo puntiagudo se niegan a ser reescritas. El cuento trata de un día cualquiera, con una pareja cualquiera que se empeña en destacar y sin embargo repite los mismos sinónimos de las otras parejas cualquiera que  se empeñan en destacar.

Ella se cepilla el pelo cuando está nerviosa, se distrae y evita llorar. A veces tira fuerte y caen unos cuantos cabellos al suelo pero el dolor es mínimo comparado con los pequeños pellizcos que le da la suerte y qué decir de los arañazos causados por no saber elegir. 
No sabe elegir y  cuando se fatiga se acomoda en el colchón de la duda, colecciona “por si acasos” y acumula cicatrices.

Él dejó de llevar sombrero y por ello le cayó encima un cuento. La soberbia había ampliado su frente tanto  que el bombín le apretaba y lo arrojó a un tejado.
A ella le hacía mucha gracia esta historia pero sus titubeos habían torcido la comisura de sus labios y ya no resultaba bella su sonrisa cualquiera.

Un lunes el sol se negó a salir. Como era de noche permanecieron en la cama amándose durante horas. Esperaban que llegase la luz para parar, pero no llegó. La fatiga de ella desapareció para siempre porque el colchón de dudas era de día. Ahora se acomodó en la noche y se olvidó de los “por si acasos”. Él utilizó la almohada para apoyar su cabeza y su soberbia decidió buscar a otro que la sacase a pasear. 
Así conoció otro cuento afilado deseoso de caer en alguien sin sombrero, se casaron y van por ahí, haciendo de las suyas y fingiendo no ser una pareja cualquiera.

Este es el cuento que  cuenta porque siempre que escribo me quito el sombrero.

9 comentarios:

  1. Siempre que te leo me quito el sombrero.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Mariaje, espero que me leas mucho, con o sin sombrero ;)

    ResponderEliminar
  3. Pues tu amigo Atticus también se quita el sombrero con tu afilado cuento,un beso!

    ResponderEliminar
  4. Gracias, Atticus. Sabía que vendrías. Bienvenido

    ResponderEliminar
  5. Oh la la! Moi aussi..... Yo también me quito el.sombrero

    ResponderEliminar
  6. Aqui solo jugaba... a no ser una pareja cualquiera. Besazos, bella Pilar

    ResponderEliminar
  7. Cuál sería un cuento rojo!?
    Me encanta, Cris.

    Alicia

    ResponderEliminar
  8. Gracias Alicia, tengo varios rojos pero están esperando su momento. Besazos

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.