sábado, 28 de noviembre de 2015

EL BOSQUE DE PLÁCIDO

Imagen de José Ignacio Aranda Miruri
La bondad es la única inversión que nunca falla. 
Thoreau


Plácido sonreía solo a medias, subía su fino labio superior, algo torcido, al tiempo que sus ojos se volvían más pequeños y brillantes, sin hacer ruido. 
Sonreía a medias, en silencio, tímidamente; pero a los que lo queríamos, nos bastaba.

A veces escuchaba copla, pero jamás movía ninguno de sus pies al compás, ni cabalgaban sus dedos en la mesa al escuchar el sonido de la guitarra. Solamente sentía la música, en reposo. Le gustaba; aunque no lo demostrase con ningún gesto. No conocía la pasión, ningún motor le movía a hacer locuras.

Es posible que sus paseos por el campo, el cultivo de frutas y verduras y su perra Nona, fueran los únicos capaces de acelerarle la respiración y de hacerle cosquillas en el alma.  Quizá, no siempre fuese así. Cuentan que en otro tiempo, retumbaban sus carcajadas y salían truenos de sus enfados. Pero yo lo conocí  templado y algo triste.

Plantaba pimientos, tomates, habas y melones.  Al recogerlos se dibujaba una bella curva en la comisura de sus labios hasta que aparecía su compañera, Eris, diosa de la discordia.

Si hacías algo que no era de su agrado te miraba mostrando algo similar al desprecio, sin decir palabra alguna. Sabía provocar incomodidad. Pasado ese instante volvíamos a ver en Plácido un susurro de calma, sin acentos ni curvas.  Su vida era una línea recta, trazada con pulso firme.

En algunos momentos le habría encantado adentrarse en  las fiestas del pueblo, charlar con euforia tras tomar algunos vinos e incluso bailar…  pero no sabía cómo hacerlo.

Plácido recorría todos los días el camino largo, hasta el final, y regresaba con su sonrisa a medias y sin un ápice de fatiga. Nona movía el rabo de izquierda a derecha, respirando aceleradamente. Saltaba, ladraba y lanzaba su alegría por el campo orgullosa de que su dueño siempre eligiese el sendero que iba a ninguna parte.

Eris lo esperaba para explicarle una vez más que los paseos demasiado largos son una pérdida de tiempo y le mostraba los siete relojes del cuarto de la prisa. Todos se habían puesto nerviosos por culpa de su caminata y ya no habría tiempo. No habría tiempo para algo.

Plácido casi se entristecía y se iba a su sillón orejero a pensar un poco hasta el almuerzo.
Le gustaba quedarse sordo ante los sermones de Eris, dejar que su mirada se fijase en un punto lejano hasta no ver nada, pausar sus manos sobre sus rodillas hasta dejar de sentir la áspera tela de su pantalón tejano.  Le gustaba callar y comprobar que Nona comprendía los silencios.

Sus conversaciones con Eris cada vez eran más escasas. Las palabras se fueron transformando en gruñidos y jamás se miraban a los ojos. Preferían observar el suelo y criticar al otro, siempre que no estuviese presente.

Pronto Eris dejó de abrir la puerta a los amigos de Plácido y éste se limitaba a quejarse en soledad rascándose la frente y recorriendo una vez más el camino largo para así rodear la realidad y hacer caso omiso de la hora que era.

Sin visitas, invisible y con Nona como  única amiga decidió abandonar su no-hogar y buscar en el bosque un rincón en el que plantar  sus frutas y verduras disfrutando de paseos infinitos y charlando con los caminantes sobre el tiempo, los cultivos de temporada y si existía o no la palabra exacta para nombrar cualquier cosa. 

Se acomodó en una cueva y pronto consiguió mantas, utensilios de cocina, algún libro y otros regalos que le dejaban las personas que pasaban por allí.

Eris no lo echó de menos. Tardó días en darse cuenta de que el sillón orejero estaba vacío. Y rió creyendo que Plácido volvería mañana.

Ella no se perdía ninguna fiesta para luego poder pasar semanas criticando a los asistentes. También le encantaba sacar brillo a lo inútil y moverse rápido  por  el cuarto de la prisa convirtiendo sus agobios en gotas de sudor frío.

En el bosque, lo que era una cueva abandonada, se convirtió en la morada de Plácido. 

Aprendió a sonreír del todo. 

Cada uno de sus gestos era sincero y disfrutaba de todo aquello que la naturaleza ponía a su alrededor. No se olvidaba nunca de Eris y engañado por la ilusión, confiaba en que un día ella fuese capaz de visitarlo.

Poco a poco, todo lo bueno se fue trasladando al bosque, junto a Plácido.

El paso de los años se encargó de ralentizar el ritmo de sus piernas pero sus sueños seguían danzando veloces por la cueva.

Eris se detenía a veces tras la puerta de su casa. Miraba por la mirilla pero no había nadie.
- Dichosas visitas  - gruñía – No les abriré.
Pero pasó el tiempo y se dio cuenta de que no ya había visitas. También se percató de que aunque sus movimientos, gestos y rabietas iban igual de rápido, la vida, se había detenido. Apenas diferenciaba el amanecer del anochecer.

El bosque se fue llenando de gente que prefería crear su hogar dentro de una cueva y hablar el idioma de los árboles.
Plácido envejecía feliz. Seguía obsesionado con la búsqueda de nuevas palabras que anotaba en su libreta pero era consciente de sus confusiones y se conformaba con recordar el nombre de las comidas, los amigos y los días de la semana.
A sus amigos no les importaba que les cambiase el nombre ni dudaban jamás de la autenticidad de sus historias. Cuidaban de él y se esforzaban en que mantuviese la sonrisa completa practicando a diario.

Después de los despistes vinieron los tropiezos. Sus piernas estaban también cansadas y su pulso no era ya firme para mantener la pluma con la que escribía.
Intentó recoger los frutos del huerto pero la fatiga le obligaba a detenerse. 

La ciudad de Eris se quedó sin luz y  algunos optaron por el bosque atraídos por las buenas noticias que algunas mariposas dejaban caer por la ciudad sin apenas detenerse. Otros viajaron lejos en busca de una nueva vida y de vecinos que abriesen sus puertas a las visitas. 

Plácido, cada  día más cansado se rindió y se tumbó en un cómodo sofá con el fin de que poco a poco su vida se fuese apagando. Sin fuerzas para hablar aprendió a apretar las manos de sus amigos  y perfeccionó los abrazos. 

Un día  se durmió; respiraba inquieto y en el último momento soñó con quedarse.

Nona no se separaba de él ni un instante, besó sus pies y lloró en silencio para regar la tierra donde su dueño descansaba.   Gracias a la magia, nació un bello manzano en cuyas raíces Plácido apoyó la cabeza y dejó que su alma fluyera por las  ramas para, a medias, como a él le gustaba,   quedarse.


Para L. porque antes de marcharse, dejó  el bosque preparado . 

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