domingo 8 de enero de 2012

MUJER ÁRBOL


El otoño en el bosque me reconfortaba. Inmensos robles y encinas me abrigaban en momentos de soledad. El sonido del viento meciendo las hojas secas, que formaban una alfombra de cálidos tonos, me susurraba constantemente bellas palabras que anotaba en mi cuaderno.
Rodeando el viejo pozo surgían pequeños matorrales de color verde que resaltaban entre los tonos que me brinda septiembre.
Cada vez que tenía que tomar una decisión importante, pedía consejo al bosque, confiaba en la sabiduría de las encinas, en la experiencia de las piedras que forman el camino y en la buena energía que depositan las criaturas aladas en cada vuelo.
Me escondí durante una semana y permanecí desnuda, sin nada que me perteneciera, sin obligaciones y sin apenas necesidades materiales. El viento arrastraba dudas, removía emociones y colocaba cada una de las hojas en su lugar.
Llevaba años sin acercarme al Gran Árbol pero el momento requería un encuentro. Debía acariciar su gruesa corteza y contarle cuentos capaces de sacarlo de su letargo. El momento que atravesábamos necesitaba urgentemente su despertar.Era el único que podía comunicarse en silencio con el resto de los habitantes del bosque, el único capaz de vislumbrar el futuro y retocarlo cuidadosamente para evitar una catástrofe.

Caminé en su búsqueda durante horas y lo abracé. Mis brazos se volvieron minúsculos y no conseguí abarcar su enorme tronco. Me quedé muda, sin poder articular ninguna palabra. Me senté en su regazo y en silencio hablamos durante noches. Él me habló de su miedo al fuego, de su necesidad de agua, de la tierra que protege sus raíces y de su amigo viento, que le acaricia donde ninguna mujer alcanza con sus manos.

Me avergonzó mi diminuto tamaño, mi debilidad... mis absurdos problemas.

Borré las cicatrices de dolor frotándolas suavemente con las yemas de mis dedos mojadas en rocío.

Pensé en la estúpida comodidad de las botas acolchadas que arrojé al valle, siempre incapaces de disfrutar de los delicados arañazos de dibujaba la hojarasca en la planta de mis pies.

Olvidé los días de la semana y me tumbé en el suelo.

Afilé un pedazo de corteza del árbol y la adentré en mi brazo. La sangre resbalaba formando riachuelos calientes en mi cuerpo. Apreté con fuerza mientras giraba la punzante corteza que se abría camino a través de mi carne. Me regocijé en el intenso escozor y regué las raíces del Gran Árbol con mi sangre hasta que la extrema palidez de mi piel me avisó del inevitable desmayo.
El Árbol bebió sumergido en un placer inmenso.
Sus raices me poseyeron mientras consumían mis últimas gotas de la sangre que debía pagar por cada lección tatuada en los círculos de su grueso tronco.

El camino se volvió menos tortuoso, una delicada brisa limpió los restos del ritual y  yo me fundí con el árbol mientras mis secas extremidades se transformaban en fuertes ramas.

2 comentarios:

  1. Precioso, no solo te traslada a un bosque mágico sino que como siempre está lleno de metáforas que cada uno interpreta....eso es escribir...es poesía en prosa. Me encanta!!!!Nos vemos mañana!!!

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  2. Gracias, los Reyes me han traído este precioso diseño y con un blog tan bonito es fácil inspirarse. Ahora no hay excusas... a escribir! Besos guapa.

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