viernes 6 de enero de 2012
LA MÚSICA DE NUESTROS CUERPOS
Deambulábamos por la mansión abrazados en silencio, editando los capítulos de nuestra vida, saboreando cada uno su camino hasta que inevitablemente, nos refugiábamos en aquel cuarto propio, para fundirnos entre sábanas de calma.
Frente a la cama, había un pequeño balcón con unas cortinas semitransparentes.
De la ventana de enfrente, a menudo, salía la agradable música de un arpa.
Supusimos, que algún estudiante de música practicaba entre partituras.
Preferimos, imaginar que una bella joven desnuda había sido premiada con el poder de elegir el ritmo de nuestro movimiento.
Aquella imaginaria musa confeccionó una marioneta con hilos de placer que movía a su antojo hasta que sus dedos se cansaban, o se detenian traviesos, para pausar nuestro viaje.
Así jugábamos a acariciarnos hasta que la melodía se detenía.
Así yo, sufría y disfrutaba de las pausas, más o menos largas.
Soñaba noches enteras con que la música volviese a nacer y terminaras el recorrido que desembocaba en penetrarme.
Cada canción dotaba a la yema de tus dedos de la intensidad adecuada deslizándose por mi piel.
Dejábamos la puerta del balcón abierta, pero cerrábamos con cuidado las finas cortinas para que el aire las hiciese danzar hasta la abertura óptima y que las curvas de nuestros cuerpos se insinuasen en el apartamento vecino.
Jamás conocimos a nuestro cómplice.
Los pasillos de la mansión se fueron haciendo más cálidos, más estrechos, y sin darnos cuenta, cada uno de nuestros pasos desembocaba en aquel cuarto donde placer y armonía convivían con la música de nuestros cuerpos.
Imagen de ENNIO MONTARIELLO
Etiquetas:
Lupanar
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