No sé si fue un sábado el día en que todo se tornó oscuro. La tristeza manchó la historia de tu vida y torció tus pensamientos hacia el lado equivocado. Fue el día en que dejaste de escribirme cartas. Te transformaste en bestia e impregnaste de torpeza cada rincón de nuestra convivencia.
Siempre tropezaba con tu indiferencia, las discusiones se caían de nuestras manos y pisabas, sin querer, mis sentimientos que permanecían escondidos cada noche entre las sábanas.
Fue el día en que necesitaste, más que nunca, mi ayuda
Tampoco sé la hora exacta pero recuerdo que concentré toda mi atención en el viejo reloj creyendo que si lo deseaba con fuerza las manecillas girarían en dirección contraria y recuperaría aquellos días en que todo iba bien. A partir de ahí, cada uno de mis movimientos surgía empujado por un “por si acaso”.
Siempre tropezaba con tu indiferencia, las discusiones se caían de nuestras manos y pisabas, sin querer, mis sentimientos que permanecían escondidos cada noche entre las sábanas.
Fue el día en que necesitaste, más que nunca, mi ayuda
Tampoco sé la hora exacta pero recuerdo que concentré toda mi atención en el viejo reloj creyendo que si lo deseaba con fuerza las manecillas girarían en dirección contraria y recuperaría aquellos días en que todo iba bien. A partir de ahí, cada uno de mis movimientos surgía empujado por un “por si acaso”.
Durante toda mi vida he trabajado como equilibrista. Me era fácil caminar por la cuerda aunque tú te empeñases en moverla, en hacerla temblar tentando a la traviesa suerte y dotando a nuestra relación de un frustrante desasosiego.
También estaban los demás, los otros. Para ellos todo era fácil. Encontraban unas cuantas palabras las convertían en tópico y me arrojaban la frase a los oídos. Sus soluciones eran torpes y sonaban a cancioncilla de verano sin llegar nunca a ser una ayuda.
Aparecían a veces los falsos sabios, los que lanzan soluciones creyendo que las personas se repiten como clones y pretenden adecuar el sermón que echaron a su hermano el mes pasado a mi instante, a tu vida.
Entonces te miraba. Intercambiábamos silencios repletos de expresiones y compartías mi opinión de que no hay nada peor que la pasividad.
Decidimos luchar y derribar los obstáculos uno a uno hasta juntar de nuevo nuestras manos. Colocamos cada sentimiento en su cajón, compartimos la llave de todo aquello que desembocara en alegría y decoramos nuestra convivencia con tolerancia y respeto.
Reconozco que fue difícil.
Un viernes, te regalé un cuaderno de papel amarillento, envejecido. Sus hojas estaban cosidas con hilo blanco y el aspecto antiguo le daba un toque cálido y entrañable. Al entregarte el cuaderno te pedí un poema pero tus dedos se bloquearon al tocar el lápiz y el recuerdo de las largas cartas que antaño me regalabas hizo que de tus ojos brotaran lágrimas. En silencio escuché tu llanto y de nuevo elegí luchar.
Sincronizamos nuestros relojes y cada día guardábamos en nuestro cuarto un saco de rafia donde escondíamos los minutos que nos habían sobrado. Al atardecer vaciábamos el saco, sonreíamos y compartíamos el tiempo almacenado.
Descubrí que dos instantes nunca son iguales y sin saber el motivo empecé a escuchar a Mozart cada tarde. La música me facilitaba la tarea de inventar nuevas soluciones y mi
vida se impregnó de creatividad. Sentí que mi mente había estado prisionera en alguna parte y necesitaba expandirse, libertad, nuevas opciones…
Me percaté de mi esfuerzo y sin querer comparar apareció ante mí tu pasividad de los últimos días.
Era el momento de pelear, de enfrentarme a ti y recordarte aquella decisión conjunta que habías abandonado.
Caminé veloz, busqué entre tus cosas, desordené tu guardarropa y agarré con fuerza el cuaderno. Tú sabías la angustia que me provoca la hoja en blanco y aún así no encontraste palabra alguna capaz de regalarme un ápice de dulzura.
Recordé el bello poema de Lina Zerón y repetí algunas estrofas en voz alta:
DIME AMOR
* ¿Cómo continuar
Ahora que la ausencia es la única que ama
en esta soledad congelada de suspiros.
Si no hay más desiertos ni lluvia en mi alma
y tu recuerdo es oscuridad sobre mis ojos?.
¡Dime amor cómo recuperarte!...
Lo copié en la primera página y el pálido cuaderno adquirió algo de brillo.
Pero nuestro hogar continuaba frío. Tu mirada seguía perdida y a mi esfuerzo le salieron algunas grietas por el paso del tiempo.
Unas horas después descubriste el poema y me diste las gracias.
A escondidas, cada noche, lo leías en la cama. Yo me hacía la dormida y disfrutaba con el calor que siempre me regalaba tu piel. Tras la lectura apagabas la tenue luz de la vieja lamparilla y me abrazabas con fuerza. Para mí era el mejor momento del día. Dormir a tu lado se convirtió en mi poema mientras seguía a la espera de escuchar el tuyo.
No sé cómo llegaron de nuevo los abrazos, alguna sonrisa, la complicidad y todo eso que echaba tanto de menos. Rechazar la quietud nos ayudó a mantener el equilibrio, a no caer.
Una mañana nuestras manos se unieron. Nos abrigamos con caricias y volví a sentir un cosquilleo en el alma. Saboreamos un dulce bizcocho, escuchamos la música de nuestros cuerpos y el tiempo se detuvo borrando cualquier atisbo de prisa.
Al levantarnos el cuaderno que permanecía escondido bajo la almohada se cayó al suelo. Lo cogí y volví a leer el poema. En la siguiente hoja habías escrito nuestros nombres cuidando cada trazo al dibujar las letras.
Con tu elegante pluma nos convertiste en poema.
Agarré con fuerza mi lápiz. Intenté ofrecerte un verso pero esta vez opté por la hoja en blanco y te regalé un comienzo, a veces tan necesario.
* Fragmento del poema “Dime Amor” de Lina Zerón
Del libro “Ciudades donde te nombro”, Ed Unión y Uneac , Cuba 2006
www.linazeron.com
* Imagen de Johnny Palacios

conoci a lina en mexcico!! me encantaría volver a verla..
ResponderSuprimirU minúscula, qué sorpresa! Yo le envié el cuento cuando lo escribí y hablamos por mail alguna vez. Me encanta su poesía :)
ResponderSuprimirMe suena la historia, quizá con alguna tilde distintiva, la lucha incansable y el amor agotado. Me ha gustado mucho :-)
ResponderSuprimirGracias Ariola, cada final implica un comienzo. Cuando algo se gasta "de tanto usarlo" el sabor que queda debe ser placentero.
ResponderSuprimirBesos