sábado 4 de junio de 2011

LA LAVANDERÍA

Mis pies descalzos disfrutan del frío de las baldosas.  
Suena de fondo “Easy” de Joanna Newson, y lo primero que ven mis ojos es una montaña de ropa sucia en la esquina de mi cuarto.
Sujetadores negros de encaje manchados de sexo, tristes camisetas blancas mojadas en rutina, calcetines, vestidos, vaqueros rotos, toallas, ligas traviesas… ceniza y recuerdos.
Me coloco unas babuchas, trenzo mis cabellos e introduzco toda la ropa en una bolsa, dispuesta a pasear hasta la lavandería.
Me encanta ver cómo giran mojadas las noches y los días, los sujetadores sensuales junto a calcetines sudados, los restos de carmín bailando con tu semen. Como se diluye el olor a humo y a perfume, con qué facilidad se lava el pasado y se reutiliza en un intento de segunda parte. 
Qué sencillo resulta vivir dentro de una lavadora.
En mi cabeza giran y se retuercen los pensamientos. Centrifugo y deseo tender mis ideas para verlas desde la distancia aireándose, meciéndose a su ritmo sin mezclarse.
 
Una señora de cabello teñido, con la piel apagada y unas  marcadas ojeras grisáceas, me mira con desconfianza como si fuese capaz de ver la locura que escondo y me regala una falsa sonrisa desde el banco de enfrente. Miro como sus prendas se mueven tras el cristal y me doy cuenta de que sus sábanas se quedaron mudas hace tiempo. Sus enormes bragas de algodón tampoco dicen ya nada y una triste toalla se asoma con envidia y me intimida. 
Nuestra colada parece estar sincronizada y ambas máquinas terminan al mismo tiempo. Ella saca una sábana tras otra y las dobla meticulosamente, uniendo las esquinas de  la desgastada tela como si se tratase de lujosa seda. Acerca la toalla lentamente a su nariz y me mira de nuevo satisfecha del resultado.
Yo arrugo nerviosamente mis pertenencias y salgo corriendo. Escucho la voz de la señora llamándome y cuando me vuelvo veo en sus manos una liga roja. La recupero, le doy las gracias y se sonroja porque sabe que sus dedos han quedado manchados del deseo que añora.
 La prisa me impide ver un escalón al salir y  mi zapato se ríe de mí cuando uno de mis tacones se desprende y caigo al suelo.
La señora me ayuda y me dice que suba a su casa a lavarme un pequeño rasguño que me he hecho en el tobillo. Vive cerca y me dejará unos zapatos para que vuelva a casa.
Me invita a un té caliente y charlamos del tiempo. En todo momento un agobiante olor a soledad me amenaza. 
Quiero irme.
Las dos calzamos un 38 y yo detesto las casualidades. 
Me regala unas deportivas viejas y me pide a cambio la liga roja, con la que te gusta jugar. 
Acepto el cambio y me voy a casa. 
Al llegar suena el teléfono y sin dejarme hablar me insultas y gritas preguntándome cómo ha llegado mi liga roja a tu casa.
Cuelgo, abro el armario mientras sonrío y vuelvo a caminar de un pensamiento a otro hasta la lavandería. 


Adoro las  lavanderías.
Ya  solo deseo que los restos de ti se mareen de tanto girar y girar y desaparezcan entre la espuma. 
Solamente deseo que la liga roja se amarre a tu cuello y  ahogue la cobardía que argumenta  tu matrimonio. 

*Imagen de OMAR ORTIZ

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada