No conozco el destino de este tren.
Mi huida me empujó hasta el andén y subí en un intento de alejarme de esa maraña de emociones que se adhiere a la vieja mochila agotando mi espalda.
Solamente llevo un cuaderno, varios lápices y la foto de esa habitación que añoro.
Unos cuantos recuerdos flotan por el vagón, incomodando tanto al resto de pasajeros como a mí, y distrayendo nuestras mentes que solo intentan refugiarse en un caminar veloz de paisajes tras el cristal de la ventanilla.
Un desagradable olor a comida me aleja de la soledad, mi única pertenencia. Me agarro a sus seductoras aristas con fuerza mientras camino hasta otro vagón olvidando deliberadamente la mochila.
Desnuda de emociones me adentro en mí y escribo hasta que existas y sustituyas algunas noches las desgastadas letras por arrugas en las sábanas.
Los colores se deslizan suavemente por la ventanilla del tren mientras tu mirada en un intento de alcanzar el horizonte se impregna de ese toque de alegre melancolía que ya te ha delatado como poeta.
Sedada con el vaivén monótono e inversa en el delirio desgarrador de la escritura automática te lanzo un beso directo al alma y sonrío cuando de repente me miras sin percatarte de que llevo tiempo observándote.
Te pregunto desde la distancia a dónde nos llevará este tren y sin dudarlo respondes que a alguna parte.
Tu respuesta me tranquiliza pues llevo años vagando de una parada a otra y sé que en alguna parte habrá atardeceres que cieguen mis ojos, dotándome de esa capacidad de extraer el detalle de cada uno de mis movimientos.
De nuevo esa necesidad de deseo, esas ganas de rozar una piel nueva y cálida que aderece el caminar de mis lápices embelleciendo mis cuentos.
Me alejo de tu imagen y te prohíbo que me persigas.
Tengo lo que necesitaba.
Mis dedos se han impregnado del olor de algunas exóticas especias que me recuerdan mis días en el desierto y me confirman tímidamente que en algún rincón de este cuaderno sustituirán los molestos puntos suspensivos por dosis de erotismo.
Mi mano camina hasta el bolsillo trasero de mi pantalón y detengo mi mirada en la foto de una habitación dónde la gran ventana parece gobernar los próximos instantes que se sucederán en su interior.
Con un bolígrafo que encontré en mi asiento, dibujo un enorme sol en mi brazo izquierdo y me regalo una dosis de luz que me servirá hasta que me aburra y persiga una noche interminable que me despoje de falsos atuendos represores de la intensa locura que jamás desaparece, ni yo lo deseo.
El tren se detiene en una estación sucia y un desagradable hedor, mezcla de tabaco, humedad y alcantarilla, entra por la puerta acompañado de una aire frío que me arranca de nuevo la creatividad a la que me abrazaba.
El viaje tiene esos instantes molestos que intentan que abandone, que me rinda y baje del tren renunciando al movimiento, a los vaivenes interesantes o absurdos. Decido viajar y opto por la vida con todas sus espinas.
Espero que alguna de esas espinas se clave en la yema de mis dedos y una vez conseguido acaricio con mi lengua un hilillo de sangre.
La puerta del vagón se cierra y continúo mi itinerario.
Me percato de que te has bajado en la pestilente estación pero ya tengo esa huella que necesitaba para inventar algo contigo y saber que no sucederá; historias imaginarias que me empujan a completar capítulos y capítulos que si se desvaneciesen me convertirían en invisible.
Imagen de LARISA GOLUBEVA

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